Strudel de patata y calabacín

Aquí hay tongo. ¿Dónde? en la vida alma cándida, en la vida. Me explicaré. Hace un par de días, leí un artículo en prensa donde se cuenta en líneas generales el por qué se forman cadenas en las redes sociales y qué finalidad tienen. Entre otras razones, la más incomprensible es quizás la de propagar mentiras. Absurdo sí, pero con más canas que Tutankamón.  La retorcida mente humana es inexplicable, no en vano la ciencia solo ha conseguido desgranar un pedacito bien chico de nuestro cerebro. El por qué las personas de este planeta tienen un afán de protagonismo tan gigantesco escapa a mi sapiencia. 
El caso es, que en ciertos círculos de expertos en informática y redes sociales con personalidades que rondan los cinco años, se vanaglorian con nombres y apellidos -o alías que luego valientes hay pocos- de quién hizo correr éste hoax o aquel bulo. La mayoría de las veces no tienen mayor pretensión que presumir de malotes, sentirse más listucos que nadie por aquello de quedarse con la peña... 

¿Qué a lo tonto verdad? pues un mentiroso es más a lo tonto si cabe. Ese no saca ni pecho ni provecho. No gana nada ni es admirado por nadie. Más zote no se puede ser. Y para colmo, estudios recientes -mi blog, que es muy resabiado- afirman que existen más mentirosos que mentiroteados porque no hay mentira más grande que sentenciar que uno jamás mintió y no hay ejercicio psíquico más usado que el engaño a uno mismo. Llamamos mentira a todo aquello que no nos gusta oír, o a lo que nos parece increíble o las soltamos de forma piadosa por no causar disgusto en alguien. ¿Pero por qué la mentira la llevamos tan metida en las venas?
Pues porque nos han engañado desde el primer minuto de vida. Recién salidos del útero materno, morados, todo guarros y pringosos, con el cráneo deformado y los mofletes a la altura de los hombros... recién paridos y sin tiempo aún para recomponernos, el primer contacto con el mundo exterior es un coro de voces que dicen "Ohhhh, qué hermoso" "Qué guapo" "mira qué mono"... ahí queda eso. Se supone que es por no ofender a la madre, a saber. Lo mismo, hasta la excusa, también es mentira. Después de esta gran trola inicial, preludio de lo que ha de venir, llegarán muchas otras. "Mira Pac@, ¿has visto con qué ojitos me mira? Qué listo, bien sabe él que soy su abuel@..." Pues casi que tampoco. Para empezar porque un bebote mira sin ver. Es un truco de la madre naturaleza. Instintivamente un cachorro mira a los ojos de su manada por aquello de despertar ternura. Intenta enamorar al adulto de turno para que no le abandone a su suerte y terminar devorado por un león. Instinto de supervivencia sin mayor prosa que la de continuar vivito y coleando...
Y así, miente que habla, uno va creciendo y descubriendo el mundo trola a trola: los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez, Peter Pan... y para que las mentiras no sean tan fáciles de  descubrir, los adultos nos lanzan bombas de humo para confundir a nuestro sentido común y así, cuando preguntamos por ejemplo, cómo entra un niño en la tripa de mamá nos hablan de cigüeñas y de París. Y de esta guisa, a la que uno aprende como puede y se va quedando con la copla, escucha cosas como ese de donde hay capitán no manda marinero y cuando seas padre comerás huevo. Resumen: cuando seas mayor de edad harás lo que quieras. Y cuando ya eres mayor de edad se sube de nivel y el eslogan cambia una chispa: harás lo que quieras cuando trabajes y seas independiente... ¿y? ¿lo lograste?
Hoy he leído la frase. No "una" sino "la". La madre del cordero del gran tongazo. Dice : ¿Os acordáis cuando de pequeños queríais ser mayores para hacer lo que os diera la gana? ¿ Y qué tal vais con eso? Pues bocas. Me he quedado bocas total. Trampa infame la de nuestra infancia que nos hizo creer en quimeras. Es cierto que me dejaron bien clarito que los príncipes azules no existen pero no quedó muy claro el concepto de que pasa con los Ferraris, las mansiones de enormes piscinas y los bolsos de Loewe.  Que si eres bueno, si estudias mucho, si haces caso a los papás de mayor tendrás de todo en la vida...  Me dijeron que los mirlos blancos no existen, pero sí señores como Paul Newman, Robert Redfort y Sandokan y que cuidándome un poquito y comiendo con moderación luciría cuerpecillo sirena y que no habría ni Paul ni Robert ni domador de leones que se resistiese a mis escamas...

Y que conste que no me quejo, que he sobrevivido a casi todas las mentiras de la vida y aquí estoy, con diez kilos de más pero con un marido que tiene diez años menos, con un par de críos que no me los merezco y a pesar de que el Ferrari se quedó en Opel, la mansión en un pequeño adosadito y los bolsos sonde China... digo, a pesar del engaño, estoy la mar de satisfecha con lo que la vida mi ha dado... o con lo que nosotros nos hemos currado que de todo hay. En cualquier caso, nos la han colado bien colada. Ahora, solo nos consuela creer, que lo mismo para cuando estemos jubilados y los chicos anden descubriendo su propio tongazo, para entonces digo, lo mismo sí que podemos hacer lo que nos de la gana...

Ingredientes:
  • una plancha de masa ya preparada (leer en las notas)
  • patatas
  • calabacín
  • unas cuantas lochas de jamón
  • 2 cdas. de sauerrham o yogur
  • 2 huevos medianos o 1 XL
  • queso tipo enmental 
  • un manojo de cebollino
  • sal y pimienta

Notas:
  1. La masa si la quieres hacer casera, puedes ver la receta aquí. Ahora en verano, ni me molesto en hacerlas ya que como viene siendo un clásico, ejerzo la ley del mínimo esfuerzo. Es una masa como la de empanada (¿porque no las venden en España?) pero se puede hacer también con masa de hojaldre o masa philo. Un strudel puede hacerse con todo tipo de masas.
  2. El pliegue clásico es dejando el borde abierto para arriba con la intención que respiren los rellenos. No importa si se abre un poco, de hecho le da un punto casero precioso.
  3. Dependiendo de la masa que uses el strudel se pincela con aceite o en el caso de usar hojaldre con leche.

Preparación:
  1. Cuece la patatas y el calabacín con un poquito de agua a fuego lento. En 15 o 20 minutos estarán las patatas blandas. Mientras precalienta el horno a 200ºC. 
  2. Pones las patatas, el calabacín, los huevos y el yogur bol y lo trituras a groso modo. Salpimienta a gusto. Añade el queso rallado y mezcla brevemente.
  3. Extiende la masa sobre la encimera o directamente sobre la plancha de horno. Mentalmente, divide la plancha de masa en tres. Cubre la parte central con lochas de jamón y pon encima una línea del relleno. Doblas el strudel sobre este parte central dejando el pliegue boca arriba. Sella con ayuda de un tenedor los extremos y los escondes por debajo (mira en las fotos). Pincela la superficie con aceite o leche dependiendo de la masa que uses.
  4. Hornea 10 minutos a 200ºC y baja la temperatura a 180ºC. Cuece hasta que tenga un bonito color dorado. Se puede comer templado acompañado de mayonesa, alioli o salsa de yogur (yogur, mostaza, sal y pimienta, limón, un poco de miel y alguna hierba fresca)

Dip de queso y salami

Mi padre decía que contra más viejo se hacía, más se convencía de lo poco que sabía de la vida y que ese sentimiento le producía cierto temor. Pero así era él, miedica a rabiar. En cuanto la rutina se salía de su cauce natural tendía al cruce de cables, demostrando una incapacidad casi infantil de improvisar y parchear los rotos cotidianos. Y eso que era un manitas como pocos, echa'o pa'lante como él solo y cuando había que arreglar aparatos o darle al bricolaje era un chollo tenerle cerca. Mi madre en cambio, pasiva ante lo diario, capaz de ahogarse ante la factura del agua o perder la conexión frente al contrato de la telefónica, demostraba tener un talento innato en las crisis, cuando acaecían las desgracias o las enfermedades. Lamentablemente, les tocó vivir el trago más gordo por los que unos padres pueden pasar y es la perdida de uno de sus hijos...
Juanpe ingresó la primera vez apenas unos meses después de que a Luisfer le dieran el alta en oncología. De nuevo la pesadilla. Cómo es posible. Ni un respiro. La suerte de Luis no la tuvo Juan. Eran otras circunstancias, más crueles y emocionalmente más sangrantes. Pasamos un año y pico de pesadilla, peleando contra el sistema y encajando con amargura la reacción de los de cerca ante el hecho que el sarcoma de Juanpe era el del SIDA, el que portaban los homosexuales. Le sacaron a golpes de un armario que él había decidido no salir y pasó de la noche a la mañana de ser el niño ideal al maricón desviado. No solo pasó a la marginación social sino que se enfrentó a la terapéutica en un momento en el que los hospitales no tenían ningún protocolo para estos enfermos. Se les arrinconaba en un ala del hospital y se les dejaba a su suerte. Vi a un par de críos de veintipocos morirse esperando a que los cirujanos consiguieran montar un equipo de quirófano porque solo eran atendidos por personal voluntario. Y aunque escaso, ahí había siempre personal saturado a guardias porque al ser tan poquitos, no daban a vasto... 
Recuerdo los dos oncólogos que lo trataron, un par de doctores jóvenes que estaban en rotación. Se saltaron reglas y normas por no abandonar a Juanpe a su suerte. Los familiares y acompañantes nos habíamos vuelto especialistas en abordar doctores en cualquier sitio. Ya nos conocíamos todos los pasillos y nos daba igual pillarlos en un box que en la cantina. A esas alturas de enfermedad, habíamos aprendido a rogar "no le abandonen" sin soltar la lágrima. Ya has aceptado todo. Ya has decidido que el dolor y los llantos los aparcas para después, para cuando todo acabe habrá tiempo -te dices-. Solo existe un objetivo. Evitar el dolor y mantener el ánimo. Después de la última transfusión que le hicieron, que fue de extranjis porque el jefe del servicio no la había aprobado, mi hermano disfrutó de una leve mejoría. Eso le animó mucho y le volvimos a ver sonreír. A uno de los doctores me lo crucé en el pasillo y con una sonrisa radiante sumada a un achuchón amago de abrazo -ya sabes lo efusiva que puedo llegar a ser- me deshice en mil agradecimientos. Completamente descolocado, me dijo: "Está muy grave, esto no cambia nada" y le contesté "lo sé. Y sí, cambia mucho, nada que ver"...
Cómo explicar que nosotros habíamos dejado de luchar contra la muerte. Que una noche de sueño era un logro. O una tarde sin dolor. Una sonrisa, una broma... eso, se convirtió en un milagro. Cómo explicar a un doctor que nuestro pánico era el abandono,  la falta de cariño y de ternura. Esperanza de vida mientras quede un minuto. Eso es. Esperanza mirando a corto plazo. Cómo explicarle que lo patológico ya no cuenta y que muchos de sus gestos aunque estériles, curan el alma cuando el cuerpo ya no da de más. Es como la tirita que todos los pediatras llevan en la cartera para casos desesperados. Tiritas para el alma que jamás se olvidan. Ojalá a todos ellos, la vida les devuelva el bien que han hecho con su valentía y dedicación. 
Cuando su luz se apagó, comenzó otro periplo para nosotros. La vida nos cambió drásticamente. Ya nada se ve igual. Él se agarró a vivir con uñas y dientes. Sufriendo mucho dolor y rechazo. Algo que se pelea tanto, es algo inmenso. No importa que entiendas la trascendencia de estar vivo, de hecho no hay que ver la muerte para aprender a vivir. No hay premios ni castigos divinos. La vida es lo que es y nos pone y nos quita atendiendo solo a su propio criterio. Solo hay dos decisiones en la vida que no podemos controlar: nacer y morir. El resto, ese milagro entre ambos acontecimientos, es competencia nuestra resolver cómo afrontarlo. Como en todos los juegos, hay reglas pero aquí estamos y de nosotros depende determinar las formas: ¿feliz o amargado? ¿qué decides? Mi familia, todos, apostamos por el amor y la alegría. Vidas cabezonas, cada cual con un pequeño big-bang dentro a punto de estallar. Tan peleones que perdemos muchas veces los papeles. Pero los volvemos a ordenar y de nuevo  la pregunta del millón: ¿qué decides? Yo decido ser feliz. ¿ Y tú?
Tradicionalmente, en este blog, las cosas tristes han ido acompañadas de sopa, por aquello de diluir nudos en la garganta. Pero no, esta vez no porque a las tragedias hay que darles la vuelta. Este es un dip fresco, muy cargado de sabor y muy reparador. Sabe a alegría, genial para compartir en familia con muchas verduras y tostadas alrededor. Para que cada cual se lo unte a su aire, sin presión ninguna. Y hazme caso, jamás dejes de comer ante lo funesto. Es absurdo y flaco homenaje le haces a tu razón de ser: estar vivo. Y en especial, quiero hacer llegar mi admiración, a todos esos padres que han tenido que afrontar la perdida de un hijo. Nada en el mundo más duro. Nada más valiente.


Ingredientes:

  • 175gr. de queso de untar
  • 1 quesito
  • 75gr. de salami
  • 1 cebolleta pequeña
  • Albahaca fresca

Notas:
  1. Hice yo misma el queso. Hierve 1/4 de litro de nata con medio de leche (productos pasteurizados y la nata auténtica. Muchas natas son seudónimas). Apenas comience a hervir, se retira del fuego, se le añade 2 cucharadas de limón concentrado y lo dejas reposar unos 30 minutos. Si es más tiempo no pasa nada. Vuelves a llevarlo al fuego hasta que rompa de nuevo a hervir. Lo retiras y esperas a que enfríe por completo. Lo cuelas en un colador con una gasa encima para no perder nada del queso. Lo dejé en la nevera escurriendo un par de horas y este que ves fue el resultado. El suero no lo tires y úsalo para hacer panes o bizcochos. 
Preparación:
  1. Tritura todos los ingredientes juntos o bien en un procesador de alimentos o con la minipimer. Listo para servir y comer.

Gazpacho de pepino y manzana

Me veo obligada a mirar el calendario para asumir que estamos en agosto, que es verano, tiempo de calorcillo y de sol y de... 13ºC querid@ mí@. Trece asquerosos y fríos grados que se están cargando mis matas de tomates y pepinos. Trece desagradables que se meten en los huesos, entrando por los pies que no se calientan ni a tiros y coronando las puntas de los dedos de las manos que claman un té calentito o una sopita o un cocido. Eso de que al mal tiempo buena cara... uhmm, no, no basta. Ya puedes disimular todo lo que quieras que las tiritonas se descubren solas, y a la tarde la nariz delata que algún vecino no resistió la tentación de encender la chimenea porque el fuego de un lar huele a una cosa y una barbacoa a otra. Pero sobra decir que nadie lo reconocerá y que si pillas el humillo saliendo por la chimenea de algún parroquiano te dirá que estaba asando patatas...
Y es que, hay cosas que no se pueden asumir jamás. Cuando vives en un país donde más de medio año es invierno es fundamental defender el veraneo con uñas y dientes. Con barricadas si hace falta. No, no nos lo quitarán ni las ventoleras, ni las tormentas ni las gotas frías. En este país hoy diluvia y mañana se pasea por la Hauptplatz en chanclas. Cueste lo que cuente pero el verano no nos lo quita nadie ni harto de Weissbier. Este año hemos sufrido ataques épicos de tormentas donde nos llegaban rayos por cuatro partes distintas. Fuertes vientos que nos han despeluchado las matas de grosellas, heladas tardías que quemaron las flores de los frutales y salvo manzanas, del resto este año no hemos tenido: ni albaricoques, ni cerezas ni ciruelas. Las fresas y moras, que han sobrevivido a todos los temporales, están siendo engullidas por los pájaros. No hemos podido recolectar ni una. Son los más madrugadores y cuando bajas a recolectar los muy bichejos no dejaron ni una sin picotear. Me recuerda a cuando éramos pequeños y chupábamos todos los pasteles de chocolate para que no se los comieran los otros. Supervivencia, supongo.
Así que el otro día, cuando le vi este gazpacho a Julia, supe que tenía que arriesgar mi último par de pepinos. El pronostico era desolador pero eran aún chicos para echarles mano. Aún a riesgo que el frío de la noche me los fracasara, les he aguantado en la mata dos días de intensas lluvias. Con el corazón en un puño, créeme y quien tiene o ha tenido huerta sabe a lo que me refiero. Esa humanización de nuestras matas y verduras, que las tratamos como a personitas indefensas pero que en cuanto toca recolección y zampar nos pasamos por el forro los sentimentalismos y por no echar, no derramamos ni lágrimas de cocodrilo porque el placer de saborear un tomate de huerta, no de cualquier huerta, sino de la tuya, de la que has plantado, regado y podado sin pausa y sin descanso... esa mezcla de sabor y satisfacción no tiene precio...
Aguanté el diluvio y a la vista que hice bien. Tienen de nuevo aspecto como los primeros de la temporada, que salen de carne más verdecita pero muy tiernos, un placer que está a punto de desaparecer hasta el año que viene... y por quién más lo siento es por Lucas que es capaz de ingerir toneladas de pepinos y no hartarse jamás. Yo en cambio, con su edad más o menos, pillé un cólico tremendo que me tuvo en cama cerca de una semana. Era verano, agosto o septiembre no recuerdo. Vivíamos en Daimiel y pasábamos el día en la finca de unos amigos. Los chiquillos solo salíamos de la alberca para ir al huerto y pillar "chucherías". Estábamos varias familias así que a los niños se nos controlaba a groso modo sin entrar en detalles. En este maravilloso caos infantil, nadie sabe a cuentos adultos les pedí que me pelaran un pepino, que lo partieran en dos con un poquito de sal y mojado en aceite de oliva. No saben a ciencia cierta. No recuerdo bien pero creo que la primera descarga de mi ingesta fue en la propia alberca. En seguida se dieron cuenta y hubo un coro de voces que afirmaron "se ha empachado".  Hubo suerte que en la reunión estaban los farmacéuticos del pueblo que rápidamente abrieron la botica en busca de remedios para el empepinazo. De nada valió y pasé varios días de pesadilla. Tanto fue, que me he pasado muchísimos años sin probarlos. Pero, como quien cumple una penitencia, un buen día desapareció el rechazo y volví a disfrutar de ellos como si nada hubiera pasado. O casi, que reconozco que ahora soy más medida y a veces me disculpo diciendo, " no, no quiero más que se me indigestan".
Y por cosas de la vida, había olvidado por completo este gazpacho. Hasta que se lo vi a Julia y las fotos de infancia, los olores que no sé porque se me cuelan tan nítidos en los recuerdos, regresaron en un instante. Sí que es verdad, se comía de postre y en aquella época, que a los niños se nos daba de comer antes, yo hacía doble postre porque jamás me pude resistir. Y jamás nadie pasó por mi vida sin ofrecerme una cuchara con la que compartir este gazpacho. A mi hermano Luisfer le oí decir hace ya muchos años, que nadie hay en el mundo más chiquero que un manchego. Jamás pasaba un paisano por el patio de casa sin ofrecerse a llevarse a los chiquillos al campo o a dar de comer a los conejos o a recoger los huevos de gallina. Cuántos recuerdos! cuántas bondades!
Ingredientes: (la receta de Julia aquí)
  • 2 pepinos como los que ves y media manzana
  • sal, aceite de oliva y vinagre al gusto
  • Un generoso chorro de agua helada
¿Elaboración? ninguna. Lo cortas, lo aliñas y lo cubres de agua helada. Lo haces justo antes de comer y dejas que repose hasta que toca el postre. Al igual que con otros gazpachos, si hace mucho calor, échale algún cubito de hielo. No es mi caso.

Pastel de grosellas y avellanas o Prinzenschnitten

Queridos nietos,

No tengo ni idea de si algún día vais a existir. Vuestros padres de momento no dan señales de montar familia. Uno por falta de fe y otro por falta de años. En cualquier caso, cuando imagino vuestra existencia se me enciende el alma. Y no solo de afectos sino también de esperanza. No sé como vuestra generación va a juzgar a la mía pero me temo que no vamos a salir muy agraciados. Hemos dado la espalda a la humanidad, nos hemos vuelto tan egoístas que rozamos la crueldad. Se nos ha olvidado como se defiende una democracia y el imbecilismo social se ha extendido tanto que prácticamente resulta imposible debatir nada sin leer o escuchar absurdos e improperios. Da igual el tema o la significancia del mismo. Se critica por criticar. Se confunde burla con humor e insulto con opinión. Por partidismo o hipersensibilidad pero jamás con afán de madurar ideales o conceptos. Se ha impuesto el bruterio y los zotes hacen leña de la sensatez. Hacemos gala de ser la sociedad mejor formada académicamente pero desgraciadamente somos la más ignorante y no por falta de medios para discernir sino porque nos conformamos con esto, con vivir con el cerebro apagado, receptivos tan solo a publicidad y titulares cargados de sensacionalismo. Porque leer lo obvio y sensato no tiene gancho, no cala en nadie...
No sé como os lo contarán pero hemos llegado a un punto en el que propagar mentiras y falsedades por muy absurdas que sean, es lo más fácil del mundo. Acabo de leer que una de las noticias más virales en internet, es sobre un barco que desapareció en el triangulo de las bermudas en la Segunda Gran Guerra y supuestamente ha reaparecido en las costas cubanas. El barco, por cierto, es el que se usó Steven Spielberg en la película Encuentros en la tercera fase. Y para rematar el absurdo, el medio que difundió la misma, tiene escrito en letra pequeña que sus noticias son inventadas e humorísticas porque la finalidad de ese portal no es la de informar sino la de divertir. 
Quiero que sepáis, que este no es el mundo por el que yo aposté. Me crié escuchando las historias horribles de nuestra guerra civil que me contaban mis abuelos. Vuestro bisabuelo Saturnino lloraba cada vez que recordaba. De jovencita, tuvimos que pelear mucho contra los varones para que nos hicieran hueco y nos dejaran ser iguales a ellos. Hubo que romper muchos tabús y gritar bien alto nuestros derechos. Aún me queda mucho de esa chillona dentro, no lo puedo evitar. Ya más crecida, presencié como caía el muro de Berlín y las fronteras del Este. Lloré de emoción y por primera vez en mi vida sentí muy real ese sueño de un mundo sin fronteras y sin prejuicios. 
Y ahora, que entro en la madurez de mi vida, me desplomo ante lo que veo. Y también me aburro. No os imagináis cuánto. He cogido manía a todos los políticos y gobernantes. A todos. Me repelen. Por absurdos y por peleles. Corrupción brutal que la gente toleramos. Se condena al personaje de turno solo cuando le pillan con las manos dentro del pastel. Se puede mentir, injuriar y falsificar. Se persigue el fraude de un trabajador pero los elitistas salen impunes de sus robos millonarios. Los bancos hurtan y mortifican con un grado de usurería jamás visto en la historia y lo peor es que todas las personas estamos obligadas a pasar por ellos para cobrar un sueldo o pagar una factura. Vivimos en un estado inmasticable de codicia e injusticia pero lo peor, es que nos comportamos como si no fuera con nosotros. Se nos ha atrofiado la capacidad de reaccionar, de luchar unidos por los intereses del pueblo y para el pueblo. Bailamos el agua a toda esta gentuza solo porque no la saben vender muy bien. Y apagamos el cerebro. Sin más.
Yo misma paso rachas donde me desenchufo. Me siento incapaz de aceptar cuanto pasa a mi alrededor pero al mismo tiempo me atoro porque no sé como se vive contracorriente aburriendo siempre con los mismos discursos y la misma crítica social. Ya no evolucionamos, vivimos estancados. Darwin dijo que solo sobreviven las especies que son capaces de adaptarse a su entorno. Entonces, parar sobrevivir, ¿hay que aceptar toda esta masa de podredumbre?  Hoy vuestro padre -o vuestro tío- Lucas, me ha preguntado que es la tortura. He cambiado de tema en cuanto he podido. Me he sentido incapaz. No, no puedo. Me supera. Solo me consuela pensar que el futuro está en vuestras manos. Algo me dice que a vuestros padres lo que les va a tocar es pagar los platos rotos. Ojalá me equivoque. De momento, solo aspiro a volver a ser la lunática naif y positiva de antes pero no mientras sigamos apoyando a gobiernos que dejan morir a críos en nuestras fronteras, mientras aceptemos rescates a banqueros a costa del fondo social.

He dudado mucho si publicar este mensaje, puede que sea absurdo por mi parte todo esto que os cuento. Pero me resulta más esperanzador pensar en vuestro futuro que en el mío. Qué la vida os de fuerzas y ganas para cambiar el mundo. Nuestro mundo, que nada se nos ha perdido en Marte. Ojalá os pueda conocer pronto. Os quiero.

Ingredientes para la base:
Pastel basado en esta receta de aquí
  • 250 gr de harina repostera
  • 1 pizca de sal
  • 100gr. de mantequilla
  • 50 gr. de azúcar
  • 3 yemas
  • ralladura de limón

  • Mermelada de grosellas para rellenar

Ingredientes para la cobertura:
  • 3 claras
  • 150gr. de azúcar
  • 100 gr de avellanas molidas

Notas:
  1. La base es una masa quebrada sencilla que pretende aprovechar las yemas del merengue. Está muy ajustado de mantequilla lo que significa que es posible que se necesite hidratar un poco más la masa añadiendo una cucharada o dos de agua helada.  La mantequilla para la base no tiene que estar especialmente reblandecida.
  2. La receta original, no usa molde. Simplemente extiende la masa quebrada sobre una plancha de horno con una capa algo más gruesa. Yo he optado por forrar un molde con una capa más fina de masa.
  3. La cantidad de mermelada es bastante relativa. En mi caso, he usado mermelada casera y más baja de azúcar. Esto significa que el sabor a grosella es muy predominante y ligeramente ácido. Este es el gusto en mi casa así que me animé a ponerle una capa bien generosa. Si hubiera usado mermelada convencional, creo que hubiera mezclado unas bayas frescas con la mermelada para intensificar el sabor.
  4. Al merengue de avellanas se le podría haber añadido un poco de cremor tártaro aunque el resultado final no cambia mucho. 

Preparación:
  1. Calienta el horno a 170ºC.
  2. Amasa todos los ingredientes de la masa juntos hasta tener una masa homogénea y suave. Enharina la encimera y extender la masa.
  3. Engrasa el molde con un poco de mantequilla y forra solo la base del mismo. Extiende el resto de la masa y corta dos tiras con el ancho del borde de tu molde. Enrolla cada tirta y procede a forrar el borde (mira las fotos de abajo). Hornea hasta que coja color dorado.
  4. Rellena con la mermelada.
  5. Con ayuda de unas varillas eléctricas o un procesador de cocina, monta las claras a punto de nieve hasta que estén completamente montadas (cuando desaparece ese aspecto espumoso y adquiere aspecto de una crema blanca completamente opaca). Añade el azúcar y sigue batiendo hasta que esté el merengue completamente duro, es decir, al hacerle un pico se sostiene con firmeza. Añade entonces las avellanas molidas.
  6. Cubre la tarta con la masa de merengue y gratina el pastel hasta que coja color la superficie. Dejar enfriar por completo antes de consumir. Se puede servir con un poco de nata montada apenas azucarada ya que el contraste de sabores y texturas es un punto muy favorable en este pastel

Garbanzos masala con curry rojo

Yo tenía una tita que se llamaba Mari Luz. Su historia, como la de casi todas las mujeres de mi familia, da para escribir un culebrón -ella hubiera dicho folletín- porque las mujeres por rama paterna han sido señoras de armas tomar. Y es que las guerras las suelen declarar los hombres. Son ellos los que hacen y deshacen, matan y rematan, y a las hijas y esposas -a parte de violarlas y vejarlas- les ha tocado siempre tirar para adelante entre cascotes y miserias. Así ha sido en todas y en nuestra guerra civil no iban a ser distintas las cosas...
Ella era la mayor de las chicas, es decir, el brazo de mi abuela allá donde el suyo propio no llegaba. Al morir mi abuelo pocos meses antes de comenzar la guerra, la familia se quedó en una situación económica algo complicada. Mis tíos estaban metidos en política hasta el pescuezo, uno vinculado a la Falange y otro al Frente Popular. Dicho así pensarás que los hijos de mi abuela Amparito estaban a la que se mataban entre ellos pero no, nada más lejos. Los Martín de los Santos desde aquel notario del rey -que fue quien nos compuso el apellido tan largo- desde aquel decía, los varones fueron todos muy dados a las tertulias, puestos de influencia y especialistas en ofertar pequeños favores y otras gracias con el ánimo de lucrar el caché negociante en una época en España, donde la valía se media por el número de hilos que el respetable era capaz de mover en un plumazo. Así que no es de extrañar, que preparados ante lo inevitable, mi familia estaba en misa y replicando... por lo que pudiera pasar.

Este posicionamiento en ambos bandos, ayudó a repartir a la familia en lugares seguros en un momento en el que España había perdido la razón y tanto unos como otros, se movían con listas interminables de nombres de vecinos a los que fusilar. Me contó mi tita Amparito, que la primera vez que los de la CNT pasaron por el pueblo donde mi abuela tenía una finca familiar, se llevaron al tío Luis, que aunque su nombre no estaba en la lista, un vecino del pueblo les dijo que ese era un señorito de Madrid con familiares en la Falange. A la que desfilaba camino de la tapia de la iglesia, un paisano comprobaba los nombres de la lista y apuntaba las nuevas inserciones. Le pidió un trozo de papel y un lapiz para escribirle una despedida a mi abuela. Dobló la carta y anotó: Entregar a Amparo Sevilla viuda de Martín de los Santos.
Ya estando en su lugar en el paredón, a la que se comenzaban a vendar ojos, un vozarrón gritó: quién es el hijo de Doña Amparo. Mi tío tardó en reaccionar, estaba como puedes imaginarte en un estado catatónico total. A la que se repite la pregunta, esta vez acompañada de alguna que otra palabrota, consigue articular palabra: "Yo". Ese yo le salvo la vida en primera instancia. En segunda, la amistad que el delegado del Frente de esa partida tenía con otro de mis tíos que parece que ya le había echado algún que otro cable en el pasado. A la que empujaba a mi tío fuera del paredón -y pedía un poco de vino para que el muchacho recobrara el color en sus mejillas- le regañó acaloradamente con palabras a lo "pero hombre, cómo que no nos has dicho nada! apunto hemos estado, hombre! oye, a tu hermano de esto ni una palabra que se entera y nos corta las pelotas" ... o algo así.
A mi abuela y a mi tita Mari Luz, las faltó tiempo para organizar la salida de mi tío Luis. Luz permaneció toda la guerra en Salamanca, acogiendo y enviando dependiendo del entuerto. Mi abuela desde Madrid, haciendo lo propio. Al terminar la guerra, a mi abuela ya casi no le quedaban hijos varones. Solo los dos más jóvenes, mi padre que era un niño y mi tito Ataulfo que era adolescente aún y se las ingeniaron no sé cómo para que no tuviera que combatir. Agotada y arrasada, así es como quedó mi abuela al fin de la guerra. Sin fuerzas ni medios para tirar. Fue entonces, cuando Mari Luz se echó la familia a cuestas y se cuidó que no les faltara de nada. Mi tito Ataulfo salió un poco rana,  malcriado e irresponsable metido siempre en negocios raros... lo digo por lo bajo sin que nos oiga nadie que las cosas de familia levantan muchas costras. Sea como fuera, fue ella y la fortuna de su esposo las que sacaron el naufragio a flote. Hay quien siempre dijo que aquel fue un matrimonio por dinero pero yo juro hasta donde mis recuerdo llegan, que mi tita amó al tito Bienvenido con toda su alma y que cuando enviudó -sí, con una fortuna que no le faltaban pretendientes- tuvo claro que ella iba a ser viuda de por vida, viudísima si hacía falta, porque si algo había aprendido de la vida es que no iba a pasar dos veces por esa perdida.
Esta es la última foto que nos hicimos con mi tita Mari Luz. Estaba ingresada con un cáncer de pecho que ya le había inundado todo el cuerpo. Luisfer, que es su ahijado, había hecho la comunión y como a ella le fue imposible ir a ver al niño, pues mi madre le volvió a vestir de marinerito para que ella no se quedara sin verle tan guapo. Fue la última visita que la hicimos. Ya no dejó que ninguno de los niños la visitáramos. Bueno, solo a los mayores nos dejaron ir una vez más. Ya no se pudo levantar más de la cama. Esa última visita la tengo casi olvidada, no me interesa recordar aquello. Me quedo con ésta, con sus rutinas de siempre: se vestía, se peinaba, se colgaba el bolso y salíamos a los jardines del hospi a pasear. Esta foto nos la hizo mi padre. Jesús Alberto, como siempre, no quiso salir. Que mala chufa se le ponía cada vez que había foto. Yo adoro esta foto aunque me arranca mis nostalgias. El pillejo que se ríe, era Juanpe. Se murió con solo 21 años. El bebote en brazos de mi madre, David, nuestro muñeco y el único de esta foto que el cáncer no le ha mirado a los ojos. El resto, o tocados o hundidos. 
Y una vez más, me he dejado llevar por las palabras. No era mi intención escribir esta entrada. Acabo de hacer la foto sobre la foto apenas hace un par de minutos. Te iba a hablar de luz, de luces y luceros... y mira, te dejo junto a esta receta un trocito de mis recuerdos. Voy a avisar a mis hermanos para que la lean que les hará ilusión recordar estas cosillas y seguro que volveremos a reabrir el debate de si el tío Luis fue el del paredón o fue el falangista que siempre andamos con los mismos líos en la cabeza.

La receta de hoy no es una receta adrede. Vino de prestado con estos roti canai pero me he dicho que bien se merecen estos garbanzos que se cuente su propia historia porque están deliciosos y es una manera diferente de comer legumbres.

Ingredientes:

  • 1 lata de garbanzos
  • 2 chalota
  • 2 dientes de ajo
  • 2 pimientos del piquillo asados
  • 1 cda. de especias Garam masala
  • 1 cdta. de curry rojo (1/2 si no te gusta muy picante)
  • 1/2 taza puré de tomate (o salsa de tomate)
  • 1/2 taza de leche de coco
  • el zumo de  1 lima o limón
  • cilantro fresco o perejil 
  • un poco de mantequilla purificada o aceite 

Preparación:
  1. En una sartén con un poco de aceite o mantequilla purificada, saltea las chalotas que habrás picado muy fino.
  2. Añade las especias, la pasta de curry y una majada con los ajos y los pimientos asados (machacados). Rehoga y añade los garbanzos.
  3. Añade el puré de tomate, la leche de coco y el zumo de limón. Deja que coja cuerpo a fuego lento unos 10-15 minutos. Puedes acompañarlo de una arroz blanco.